En suplemento Radar de Página 12.

Rubia de New York

Desde producciones en revistas de moda hasta souvenirs que incluyen llaveros y cantimploras: la promoción del estreno de Evita en Broadway, con Ricky Martin como el Che, Michael Cerveris como un Perón pelado y Elena Roger como Eva, prometía un estreno exitoso para el show business y polémico (una vez más) para las almas peronistas. Y cumplió su promesa. Radar estuvo ahí y entrevistó a los protagonistas para hablar de aquel guión de Rice y Lloyd Webber estrenado durante el thatcherismo, del curso de peronismo que hicieron en Argentina antes del estreno, de las mil y una batallas (ganadas y perdidas) para despojarlo de sus clichés y de la actualidad de la obra allá en tiempos de Obama y el Tea Party.

Por Sonia Budassi
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Desde Nueva York
“El talón de Aquiles del imperialismo son sus intereses”, escribió Eva Duarte en uno de los tantos pasajes de Mi mensaje dedicados a Estados Unidos. En la génesis de su imagen pública se concentra la leyenda de la superación, el glamour personal, la justicia social, la lucha y la muerte. Al “imperio” nunca le faltó pericia para camuflar y apropiarse de los discursos ajenos, tomar fragmentos de la historia para sí y tejer su manto de victoria simbólica. Lo hizo con personajes históricos, guerras, eventos, conspiraciones. Desde hace treinta y cinco años, teje y vuelve a tejer el manto con que envolver el mito dorado del Río de la Plata. Lo hizo en Londres durante los ’70, lo hizo en Broadway durante la guerra de Malvinas, lo hizo Madonna durante el menemismo. Ahora lo vuelve a hacer en Broadway, con una argentina como protagonista y bajo el gobierno de un presidente negro. Evita vuelve a seducir al imperio.
En Nueva York, ahora es primavera. Michael Douglas y Rubén Blades, Carmen Barbieri y Barbara Walters, Ricardo Fort y Charly García, entre otros famosos dispares y artistas heterogéneos como para armar un ecléctico programa de farándula y alfombras rojas, asistieron a Evita, el musical dirigido por Michael Grandage que acaba de estrenarse en Broadway. La obra compite con magníficos locales como Spiderman, El rey León y Chicago pero, allende Eva y por Eva, se las ingenió para ser popular desde antes de estrenarse, por motivos que van desde un pequeño accidente a producciones espectaculares en revistas de moda. El Marquis Theatre tiene capacidad para 1612 personas, y suele estar lleno en sus funciones nocturnas y de matiné. Una semana antes del debut, la sala, ubicada en el primer piso del Hotel Marriot del Teathre District, se inunda; dudas y vértigo: deben clausurarla. Pero el inconveniente se resuelve apenas unos días después. Un paréntesis suficiente para que la obra ocupe un lugar inesperado en los medios. El despliegue continúa. Se inaugura la muestra de las joyas realizadas por el orfebre argentino Marcelo Toledo, réplicas de las reales tal como aprobó el Museo Evita de Buenos Aires; se levantan en el hall del teatro puestos de venta que ofrecen posters, pins, llaveros, imanes, ropa y hasta cantimploras con el logo de la obra –el rostro de Eva con un efecto stencil algo punk– y se instala un pequeño bar que, en el intervalo, ofrecerá porrones de Quilmes a 20 dólares. Mientras tanto, afuera, se multiplican los taxis amarillos que de tanto verlos en series y películas filmadas en Manhattan parecen de utilería, sólo que ahora llevan el cartel publicitario de Evita firme sobre el techo.

ANTES DE LA REVOLUCION

No bien se anuncia quiénes serán los protagonistas de esta nueva puesta –con el guión ya clásico escrito por Tim Rice y Andrew Lloyd Webber en la segunda mitad de los ’70–, la revista Vanity Fair invita al elenco a Argentina para hacer una producción fotográfica en la Casa Rosada. La visita se continúa en un encuentro con la presidenta Cristina Fernández y un entrenamiento histórico-actoral en el Instituto Nacional Juan Domingo Perón sobre, justamente, qué fue, qué es, qué significa el peronismo. Elena Roger, la argentina que ya había protagonizado la obra en Londres en 2006, será de nuevo Eva Duarte; Michael Cerveris –músico y actor estadounidense, con varios Tony por su trayectoria en Broadway, y conocido también por su personaje enigmático de la serie Fringe y películas hollywoodenses como The Mexican– será Juan Perón. Y por si había que darle una vuelta metapop, Ricky Martin fue elegido para el rol del Che, un personaje asociado más a su función de coro griego, una suerte de voz del pueblo –de varios tipos de pueblo– y editorialista de cada acción, que a la figura de Ernesto Guevara.
El estreno está precedido por conferencias de prensa televisadas en las que la camaradería entre elenco y director se despliega entre infaltables lugares comunes: declaraciones como “estoy aquí para aprender” o “es un gran desafío”. Los medios publican críticas elogiosas. La mayoría, desde el New York Times a la Variety, dejan traslucir una sospecha latente alrededor de Ricky Martin, que sólo una vez había sido parte de una comedia musical (Los Miserables), para terminar ratificándolo como “excelente” en su rol. Cuando se califica a Elena Roger casi nadie se priva de señalar el contraste entre la potencia de su voz y la pequeñez de su físico, combinación que la vuelve “grandiosa” en escena. Sobre Michael Cerveris también se habla de talento y de una singularidad: es quizás el Juan Perón más potente en la historia de la obra, el más profundo.

QUIEN ES ESA CHICA

En el aeropuerto de Nueva York, un turista argentino se acerca al primer puesto de los tantos que hay, en los que diversos oficiales chequean pasaportes. El empleado, un afroamericano grandote, descubre la procedencia del viajero y revisa las páginas mientras canta, con voz aguda “Don’t cry for me, Argentinaaaaa” para luego preguntar:
–¿Evita existió de verdad o es una historia del cine?
Bienvenidos a Evita on Broadway.
Si la identidad es una de las grandes fuentes de conflicto del peronismo –si se es o no se es; quién es más y quién es menos, quién es verdadero y quién es histórico, si es de izquierda o de derecha, etc., etc., etc.–, que nutre no sólo su historia sino las representaciones artísticas y ficcionales de la literatura al teatro y la plástica, una mítica maldición o bendición, según quién lo mire, abraza esta producción. El estigma de “antiperonista” que arrastra desde que Webber y Rice la editaran como álbum en 1976, para luego estrenarla en 1978 como ópera rock en el West End de Londres y en Broadway, todavía hoy genera polémicas e interrogantes por parte de sus protagonistas y de los espectadores. Cuenta la leyenda que la fuente de inspiración de los autores fue el libro La mujer con el látigo, biografía hipercrítica de Mary Main, publicada en Estados Unidos y el Reino Unido a fines de 1952, firmada con el seudónimo de María Flores por evidentes cuestiones de marketing. Llegó a Argentina luego del derrocamiento de Perón, en 1956, ya con el verdadero nombre de la autora. Según José Pablo Feinmann, se trata de la “primera biografía seria, documentada y bien escrita”, aunque “odiada por los peronistas y hasta por buena parte de los argentinos”. En el libro, nacido de la investigación que la autora realizó en Buenos Aires mientras Evita vivía, nada se decía del Che. Pero sí que Eva Duarte, una chica de “pasado oscuro”, se casó con “un general nazi”.
¿Qué retrato de Evita dibuja este musical? ¿Qué elementos recupera de sus puestas anteriores? ¿Podemos pedirle al género que complejice cuando, en general, se mueve bajo la lógica de héroes y villanos? ¿Qué veracidad puede esperarse, diría un desconfiado sentido común, de un Perón yanqui que encima es pelado, tal como se lo ve a Michael Cerveris en sus actuaciones televisivas y en el mismo afiche de la obra? ¿El musical de la abanderada de los humildes, la santa Evita, la arribista y manipuladora según esta versión, puede evolucionar a lo largo de los años mientras sigue inspirado en el mismo guión? ¿Es sólo pop, como dice Micky Vainilla? ¿Cómo procesa Broadway aquel personaje argentino, envuelto en un libreto cosido entre la intriga del ascenso social y el poder, el divismo y la entrega? ¿Qué hay detrás de la extrañeza, del raro sentido del nacionalismo consagratorio de “nuestra historia está ahí, en Nueva York, para todo el mundo” cuando Elena Roger, los bailarines o Ricky Martin dicen “the descamisadous” con ese acento foráneo pero hablando, en definitiva, en nuestro idioma? ¿La clave de ópera rock sacrifica voluntariamente la política y la veracidad histórica en nombre del espectáculo? ¿Es un cuento de hadas de la boda de una dudosa princesa proletaria con un villano, que termina por convertirla en bruja? ¿O es al revés?

EVAS SUPERSTARS

Webber y Rice, antes de trabajar juntos por última vez en Evita, ya habían creado otro personaje que muere joven: Jesucristo Superstar. La obra ha dado desde los ’70 un linaje de Evitas, todas rutilantes en su singularidad: Patti LuPone, Madonna (cuando vino a filmar al país la conmoción fue tan grande que hasta recibió amenazas) y Elaine Paige. Elena Roger es la primera argentina (la versión de Nacha Guevara es otra) en representar el rol en el extranjero. En películas como Eva Perón protagonizada por Esther Goris, transcurren quince minutos hasta que se muestra que había amor en esa pareja, y en una de las últimas, Juan y Eva, todo es tierno y romántico desde el minuto cero. Con estos antecedentes citados al azar, la puesta de Broadway podría resultar un tanto violenta para alguna sensible alma peronista. Bajo la máxima de la economía de recursos materializada con éxito desde la dirección, en la primera escena sabemos que Evita muere: una pantalla de cine muestra imágenes documentales del funeral, mientras diversos trabajadores lloran al frente del escenario. Entonces irrumpe el Che para lanzar la primera de una extensa serie de chicanas mediante la canción, ya elocuente desde el título “Oh, what a circus”. “¿Pero quién es esta Santa Evita?”, se pregunta. “¿Por qué tantos aullidos histéricos de sufrimiento? ¿Qué tipo de diosa ha vivido entre nosotros? Ella tuvo sus momentos. Tenía un poco de estilo. (...) Tan pronto como el humo de la funeraria se despeje, ¡todos vamos a ver cómo ella no hizo nada durante años!” El personaje de Ricky Martin, que despierta aplausos antes incluso de actuar, se mantendrá sin cambios, con idéntica crítica actitud hasta el final. Su carisma no opaca el tono cínico y por momentos despectivo que provoca incluso risas en el público. En los pasillos de los camarines, José, su asistente, habla en castellano y saluda al visitante con amabilidad. Si alguien le pregunta “¿Cómo estás?”, responde “Bien, muy contento. Y demasiado ocupado” y señala el cartel que dice “Ricky Martin” de la puerta. El puertorriqueño es la celebrity más famosa de Broadway en estos días. Las producciones, aquí, no escatiman presupuesto. Compiten no sólo por quién tiene el elenco más prestigioso o a la estrella más famosa. También es característica la inversión en efectos especiales, escenografía voluptuosa, fuegos artificiales y toda parafernalia hecha para impactar e incluso abrumar al espectador. La puesta de Evita, en cambio, recurre a la cantidad necesaria de decorados que, aunque monumentales –como el célebre balcón de la Rosada– resultan funcionales. Evade el tentador recurso fácil y, casi austera, contribuye a amplificar las virtudes actorales de Cerveris y Roger y el in crescendo narrativo de la obra. Un punto para Michael Grandage, y otros dos para los protagonistas que lo saben aprovechar.

LA EVITA DE ALLA

–Mrs. Roger, come on!! –se escucha la voz de Grandage en el pasillo, llamándola a ensayar.
–I’m almost ready –responde Elena Roger desde su camarín.
¿Por qué algunos argentinos se van dolidos luego de ver la obra? Para muchos hay escenas que recrean rumores maliciosos más que documentos históricos (Perón en pareja con una adolescente, por ejemplo). O, simplemente, son demasiado fuertes para el sentir peronista habitual. Cuando Eva llega a Buenos Aires gracias al apoyo de Magaldi, se explicitan situaciones que en otros relatos se representan de un modo más sugestivo. En una secuencia ágil e ininterrumpida, se la muestra como feliz amante de varios hombres. A medida que se suceden casi sin solución de continuidad, la calidad de los regalos que le hacen se incrementa. A Roger esa escena no le produce ningún resquemor. Nieta de abuelos paternos peronistas, y de abuelos maternos italianos antiperonistas, cuenta que estos últimos “le tenían como un miedo a Perón”. Su abuelo vino de Italia porque estaba “en la lista negra”, dice. “Por ahí por no sacarse el sombrero cuando había que cantar el himno. Perón tenía muchas de esas cosas, para laburar tenías que ser peronista... A ellos eso les chocaba y anulaban cualquier posibilidad de cosa buena que podía llegar a tener.” Tantas veces hemos escuchado la historia de Eva en sus múltiples versiones, que parece casi imposible que no se hayan cristalizado en cada nueva representación ciertos clichés y estereotipos, que van tranquilamente desde la figura de la inmaculada a la de la trepadora. “Yo no me ofendo tanto porque se muestre que se acostaba con uno y con otro porque ella estaba muerta de hambre en Buenos Aires y sí lo hacía; lo dicen los libros. ¿Cuál es el problema? Hoy no es un problema. En ese momento lo era. Y hoy que vivo en otra sociedad no la juzgo. Y tampoco me duele que se muestre eso, porque fue así.” Además, señala Roger, ¿por qué no pensar que los hombres también la usaban a ella? En ese entonces, afirma, las mujeres no se casaban por amor sino “para que el tipo las mantuviera, les diera la casa y qué, Evita era peor porque no se casaba. Pero quería lo mismo, quería un tipo que la cuidara, que le pusiera un departamento, ¿entonces qué estamos juzgando? Sí, ella podía ser materialista, ¿por qué no? De hecho tenía un montón de joyas. Pero lo real de esta historia es que en esa sociedad logró, siendo mujer, tener un lugar al lado de un hombre, un lugar muy importante en la sociedad argentina y todo lo que dio a los pobres para mí lo hizo de corazón. Yo ahí no veo nada oscuro”. La Evita de nuestros días tiene algunas variaciones con respecto a la versión londinense de los ’70. El último Perón inglés, Philip Quast –que no conoció Argentina–, por ejemplo, le daba más peso al autoritarismo y el vínculo entre él y Eva estaba basado en un pacto de conveniencia. “Cerveris le da más peso al amor y a lo humano.” Sin embargo, aún perviven ciertos esquemas porque también como ópera rock la obra generó una iconografía propia, lejana a la referencia realista. “Yo lucho contra la imagen del balcón. Evita nunca le habló al pueblo con el vestido con el que fue al Colón”, dice Roger. Las dimensiones de ese cambio de vestuario son tan grandilocuentes, el vestido es tan ancho, que no entra en las escaleras por las que Roger sube al decorado, así que tiene que ponérselo, rápido y a escondidas, en el mismo escenario. Para lograrlo, cuenta con un dispositivo: el Christian Dior cuelga desde el panel de luces y comienza a bajar hacia el cuerpo de la actriz en el momento justo, segundos antes de que ella suba a cantar “Don’t cry for me, Argentina”, el himno de su posible redención. “Ella jamás le hablaba al pueblo vestida así”, continúa Roger. “De hecho, cuando Madonna hace la película, lo hace con un trajecito.” Cuenta que intentó cambiar la escena. Y que no lo logró: “Era tal la imagen de la Evita de acá. Esa aparición es casi como la de la Bella Durmiente, es algo tan icónico que la gente no soportaría verlo de otra manera. O sea, los productores no quieren mostrarlo de otra manera”.
Entre la documentación histórica, el estudio y un guión rígido los actores luchan por encontrar matices. El director estuvo de acuerdo y así avanzó la pareja. “En la puesta de Londres ella era mucho más irónica y despótica, eran muy dictadores los dos, todo era poder y dinero.” Elena Roger habla del efecto a veces inevitable cuando se trata de ficciones basadas en hechos reales. Dos argentinos, durante la temporada londinense, le dijeron la misma semana: “¡Es tal cual!”. Y otro: “Muy buena la obra. ¡Pero nada que ver, eh!”.

EL PELUQUIN DE PERON

Michael Cerveris acaba de ser nominado otra vez a un Tony como Mejor Actor. La obra recibió dos nominaciones más, a mejor coreografía y a mejor recreación histórica. Los afiches con su foto, en la que se lo ve sin pelo, confunden, casi molestan. Pero, al salir a escena, su caracterización, incluido el peinado hacia atrás, es “tal cual”. En la sala de peinados hace chistes sobre el tema con una de las tantas encargadas de la realización y mantenimiento de los tocados de Eva y del suyo. En un estante se ven tres pelucas de Roger, correspondientes a escenas consecutivas, con el rodete tirante. Si se mira en detalle es posible notar que a medida que pasa el tiempo de la narración en la que la actriz las usa, las raíces oscuras se ven más pronunciadas.
“El director quería hacer todo más auténtico, más basado en la historia y en la realidad, hacer algo más complejo, tal como fue. Elegir a Elena, que es argentina, obviamente tuvo un efecto muy fuerte”, dice Michael Cerveris.
Lord Webber reorquestó esta producción para sumar argentinidad. Aunque estamos en Broadway. Se cuelan, entre el tango, algunos ritmos brasileños. “La música es más argentina algunas veces, otras... suena más a otras cosas que a los americanos les suena (se ríe)... Ellos creen que lo es”, dice Cerveris.
“Mi desafío era no darle una interpretación de blancos y negros, sino tratar de introducir contradicciones y humanidad, y creo que intenté entenderlo desde una perspectiva histórica, pensar en la persona real”, sigue Cerveris y a su alrededor, su camarín, más que parecerse a una unidad básica, como alguien ha dicho, muestra una ambientación tan prolija, cálida y esmerada que es más propia de un santuario o de un museo homenaje. En apenas 10 metros cuadrados convive la bandera oficial argentina sobre una pared, un mate y un termo, libros enormes de doctrina peronista, La razón de mi vida en una antigua edición, fotos en sepia de Perón en cuadros y portarretratos, discos de pasta que emiten a Enrique Santos Discepolo desde un tocadiscos, junto a un colección de LP apilados que incluyen uno con el último discurso de Eva. Huele a sahumerios. Se recrea la atmósfera de una posible devoción. En su libro de visitas firma quien ha sido, según cuenta Cerveris, el responsable de guiarlo en su estudio sobre Perón durante su visita al Instituto en Buenos Aires: un investigador que pidió especialmente que no se lo mencionara a él, sino a dicha institución estatal, en eventuales entrevistas. En castellano se lee: “Te nombramos el primer peronista norteamericano”.
Desde luego no es posible saber si Cerveris es peronista, pero se esfuerza en hablar de las lecturas políticas de la obra, y relatar aquellos dichosos matices que quiso encontrar para que su personaje no sea catalogado como un “mero dictador latinoamericano del montón”. “A Eva se le pueden criticar muchas cosas, pero no que ‘no hizo nada’, como dice el Che”, afirma Cerveris sobre la primera de las críticas que hace el personaje de Ricky Martin apenas comienza el musical. Durante los ensayos, cuenta, se preguntaron “qué es verdad según los documentos de la época, qué es lo que se sabe históricamente, cuál es la versión negativa y la positiva, y luego qué hemos leído en el guión, y evaluamos las cosas con las que estamos de acuerdo o no”. Sobre los detalles de cómo se conocieron, por ejemplo, hay versiones disímiles y ninguna legitimada académica u oficialmente. Más allá de eso, continúa Cerveris, después tuvieron que ver “qué queríamos contar en este momento, independientemente de que sea histórico o ficcional”.
Cuando sus fans hispanohablantes lo esperan a la salida del teatro, tras una valla custodiada por patovicas Johnny Bravo que lo acompañan hasta una enorme camioneta negra de la producción, él se esfuerza en hablarles en español. Cerveris dice creer en el “sentido social” que implica que la obra pueda interpelar a los latinoamericanos que están subrepresentados en Broadway –y en las ficciones norteamericanas en general–. Y parece debatirse entre las vanas culpas por las concesiones al guión y el aporte que él se esforzó en hacer. Mientras Elena Roger piensa que los estadounidenses ven Evita como “un entretenimiento y nada más”, él sostiene que en este momento, previo a las elecciones, la obra se enlaza con la coyuntura estadounidense, en un marco en el que “los conservadores viraron tanto hacia la derecha extrema que todo se volvió demasiado polarizado. Las ideas sobre quién habla desde las esperanzas y las necesidades de la gente son debates que se están produciendo y los partidos políticos, por primera vez en un largo tiempo, son diferentes el uno del otro de una manera muy clara”. Luego de salvar todas las distancias posibles, Cerveris se anima, osado en su prudencia, a conectar a Obama con Perón. “Muchos le reclamaban que los cambios prometidos en campaña se hicieran inmediatamente”, dice. Y analiza que una actitud similar es la del Che, cuando habla desde la voz de una izquierda que por ansiosa se vuelve desencantada.
“Evita y Perón no fueron simplemente dibujitos animados, la esposa manipuladora, el autoritario latinoamericano. No puede pensarse que toda esa gente que fue al funeral desde todos los rincones del país, cuando no existían los medios de transporte de hoy, fueron llevadas a la fuerza. El pueblo no es un rebaño.” Dicen que cada negación encierra una afirmación previa; imaginamos qué texto es responsable, en este show, de la afirmación anterior.

LA EVA DE HIERRO

“Pienso que lo que más conseguimos fue cambiar la intención de las cosas que decimos”, dice Cerveris. En un momento, Eva comienza a decirle a Perón, sobre el desafío de gobernar: “nosotros” y luego se corrige en un “vos...” como un fallido que pretende mostrar su interés por ocupar el lugar de mando. “Elena, en vez de cantarlo como si tuviera esa ambición egoísta de poder, le quita la ironía, pone el énfasis en ese ‘vos’ con la idea de querer que Perón se sienta seguro, con lo cual parece ser exactamente lo opuesto al objetivo del guión. Ella es más generosa, interpreta un ‘vos sos importante, vos tenés que hacerlo’”, explica. En “She is a diamond”, Perón canta con otros militares y sugiere que deberían hacer dos o tres cosas de las que prometieron. “Pienso que está escrito intentando ser un chiste para que él quede como un dictador frívolo a quien no le importa la gente. Yo, en cambio, traté de interpretarlo como que quiere señalar a los generales que ‘En verdad existe una buena razón para hacer lo que hacemos. Entiendo que por razones políticas aún no podemos hacer más, pero Evita tiene razón. Debemos hacer las cosas así’.”
¿Con qué personaje de la historia puede asociar Cerveris a Perón? Hace un silencio. Piensa. “Es raro, a veces me recuerda a mi abuelo italiano. Y hay algo de mi experiencia en Argentina, en general la sentí muy italiana. Quizá porque la gente que conocí era descendiente de inmigrantes. Y hay algo de las fotos que vi de Perón, su estilo, su ropa y ese aire de viejo mundo, muy masculino, que me recuerda a mi abuelo. Eso quizá me permitió hacer una conexión personal con el personaje y entender que la política puede ser muy complicada, y a veces parece injusta, pero que hay momentos en que hay que ser duro en las formas, al estilo del Viejo Mundo, formas que no son tan modernas ni políticamente correctas; la pregunta de cómo llevar a cabo las cosas y qué es lo permitido para alcanzar un bien superior. Recuerdo, cuando era chico, que mi papá me dijo que no podía ir a una fiesta. Y yo argumenté, argumenté, y argumenté hasta que él reconoció que sus motivos no eran buenos. Y finalmente me dijo: ‘Bueno, está bien, pero igual no podés ir’. ‘¿Pero por qué no puedo ir?’ ‘Porque yo ya he tomado la decisión.’ En esa época, era imposible de entender para mí. Pero ahora comprendo que en pos de algo importante a veces se hace algo antipático o injusto para servir a un propósito mejor.”
Cerveris tampoco encuentra un paralelo con Eva entre los personajes de la historia. No comparte la asociación popular de la chica que se hizo de abajo, esa idea que heredó Madonna para algunos de sus compatriotas. Aunque, para la Evita on Broadway tiene una hipótesis disruptiva: “Tengo la sospecha de que el tono de la producción original y las piezas escritas en alguna forma están más dirigidos a Margaret Thatcher y al contexto político inglés de esa época. Habla de una mujer extremadamente poderosa como cabeza de gobierno y me parece que escribieron Evita pensando en Thatcher más que en la propia Eva, y en sus opiniones sobre una presidenta mujer; hablan más de eso de que lo que Evita realmente fue. Nunca tuve la oportunidad de preguntárselo, es una teoría mía”. Aclara, también, que en los ’70, cuando los británicos escribieron el guión, era más difícil acceder, desde Inglaterra, a la información sobre Argentina, no sólo por la cuestión tecnológica, sino por la censura del gobierno de facto.
El telón del Marquis cae y sobre él se mantiene un enorme escudo del Partido Justicialista entre banderas argentinas. En el centro del telón, que está en un teatro del centro de Broadway, que es el centro mundial del espectáculo, que es el corazón de ese imperio de los discursos de Evita, están las caras de Perón y Eva, las mundialmente conocidas, clásicas, que sonríen. Durante un año, que es lo que estipula el contrato, ese telón va a levantarse, dos veces por día, y las expresiones de quienes miren la obra irán de la diversión a la aversión, cambiantes, pero es seguro que los rostros del telón, sonrientes, históricos, seguirán ahí.

Las ideas no usan corbata (u otro título mejor)

 
 Publicado en la Revista de la Universidad Nacional de San Martín.
Sonia Budassi

Hay una idea. Cientos de ideas. Las ideas tienen vidas productivas y felices, se escribe sobre ellas, se desarrollan y se expanden, crecen y se las expresa en el aula de una universidad del conurbano bonaerense, pero también en otra en Dresde, en Río de Janeiro, en una comunidad indígena del norte del país, en un monasterio europeo, en un hospital chino, en plena selva a orillas del Amazonas, en una cena de profesores hindúes, en un viaje en colectivo interurbano, en una biblioteca parisina de postal. Las ideas sueñan su propio ascenso social. Las más lúcidas y trabajadoras crean escuela. Buscan colonizar otras mentes, otros claustros, plasmarse en más papers que las legitimen con muchas notas al pie para que se reproduzcan en pequeños actos políticos en una plaza o en una habitación oscura con un velador de lectura, una noche, mientras una estudiante quiere atraparlas para sí. La vida de las ideas configura las vida de las personas. Algunos dirán que es al revés.
Es sabido: las ideas van a la guerra. En el combate son desplazadas por otras. Sufren pérdidas, amputaciones, desplazamientos, plagios u olvidos. A veces triunfan. Las ideas buscan aliadas, se suman a otra corriente y salen airosas y transmutadas. Algunas son antiguas, pensadas y vueltas a pensar, orgullosas, experimentadas  y soberbias, victoriosas e inquietas, hacen pie como la sal del mar en tierras dispersas y toman otra figura que salta en el tiempo como esos pececitos que salen del agua y dibujan un arco en el aire para escapar de un hambriento delfín.
Las ideas están condenadas a vivir en los hombres y en las mujeres, por eso también su realidad es tan ardua. Entre lo material y lo simbólico. Repleta de incontables y pequeñas batallas cotidianas porque son las que padecen esos hombres y esas mujeres que se dedican a ellas y que, aunque quieran, no pueden hacerlo las veinticuatro horas del día. Porque los hombres y las mujeres dedicados a estudiar también dan clases y pagan impuestos, viajan para conocer y participan de Congresos, quieren quedarse debatiendo pero deben detenerse para ir a dormir; los hombres y las mujeres viven buscando esas ideas y volverlas mejores, se especializan y quieren difundirlas, repensarlas a la luz de otro hombre o mujer especialista pero a veces el tiempo no alcanza como en aquella remera pop de un escritor a quien le han dicho pop: “So many books, so little time”. La ya conocida historia de los ruidos de la mundanidad.
Salir del closet. Las ideas y lo que ellas generan a veces tienen miedo, o muchas preocupaciones existenciales que las llevan a agruparse. ¿A qué campo pertenezco? ¿cómo puedo profundizar más en mí? ¿Hay alguien más que me piense parecido? Y entonces sin querer se hacen amigas de las ideas de su propia disciplina y se encierran en un cajoncito que los hombres y las mujeres que las estudian llaman “especialización”. Y porque quieren ser ordenadas, organizadas, y por rigurosas, los cajones de cada disciplina de las ciencias humanas al final suelen quedar ordenados por categorías similares. En el placard gigante del conocimiento sucede que el antropólogo habla con antropólogos, el filósofo medieval habla con filósofos, el crítico de arte habla con el teórico, el etnógrafo con el etnógrafo. Muy pocas veces, sin embargo, se juntan dos medias de distinto par; la gente lo ve mal cuando no se da cuenta de que, en definitiva, son todas medias que comparten un placard.
Pero las ideas –o el ‘pensamiento’, o el ‘conocimiento’, como se prefiera- a veces tienen un golpe de suerte y cumplen su deseo egomaníaco de que hombres y mujeres les dediquen, como nunca, tres días enteros para pensarlas, vociferarlas, volverlas solidarias en el debate crítico; que los hombres y mujeres les dediquen tiempo y abran todos los cajones; revolver el placard, sacar cada prenda al sol y colgarlas del mismo cordel. Mirarlas a cada una en sí y en su conjunto, con el viento en la cara y el cielo arriba y detrás.

¡Oh no! ¿De nuevo esto?

recién les escribí un mail a mis amigos, ex compañeros del Suple de Cultura. A Hernán Arias, que es critico literario, editor y escritor, y a Mercedes Urquiza que es una gran crítica de arte y curadora. Para hacerme la graciosa, y por chiste interno, porque además en Perfil otra vez se están atacando los acuerdos con los trabajadores, y echaron injustamente a varios, les cité un par de discursos de Evita, y...
Iba a postear un artículo que escribí, como hago en este blog (cuando me acuerdo), para ir teniendo un archivo personal, pero mejor pongo esto que es más importante.

Hagan click.



“Libres” por telegrama

Categorías:  LLEVALOPUESTO
La editorial Perfil, propiedad de Jorge Fontevecchia, envió telegramas de despido a ocho trabajadores del ex diario Libre. El cese de labores se da en medio de una tregua pactada en el Ministerio de Trabajo, en la que además de las negociaciones paritarias, la empresa se había comprometido a no desvincular personal tras el cierre de esa publicación.

Ellos, nosotros, y los otros. Notas sobre el campo cultural durante del Kirchnerismo. Publicada en la Revista Crisis, hace más de un año.


Nosotros

Tememos a la obviedad pero también al cinismo. Se nos dice, siempre se nos dijo, que debíamos cultivar “el sentido crítico” pero también “colaborar en la construcción” (nadie terminó de definir qué era eso). En el fondo, lo que nos importó fue leer bien; lo anterior opera de base para irrumpir ante el riesgo de lánguida indiferencia o de canchera iconoclasta intervención. Si caemos en algún maniqueísmo, suena una alarma como un corrector. Tampoco nos gusta que nos imaginen escribiendo nuestras más o menos felices ficciones en la torre Rapunzel que espera monárquico llamado del gran sello editorial o del editor de moda (si es que algo de eso existe).
Leandro de La Plata
A una cuadra está la legislatura bonaerense con sus cúpulas europeístas y su corrupta morfología espiritual de agujero negro: a algunos aún no les interesa votar, pero casi nadie sabe para qué sirve un legislador provincial. Estoy con Leandro. Conoce “el paño”. Ahora milita en Octubres y tiene su web de periodismo político; le va bien. Trabajó con Magdalena pero también en el diario HOY. Amplia experiencia militante. Ahora se declara feliz con su trabajo en una Subsecretaría de La Nación; viaja en combi hasta Buenos Aires porque nació en Rawson pero vive en La Plata. Tomamos un café que llega tibio.
Joven Admirador
Leandro renunció al HOY cuando le ofrecieron ocupar el cargo de editor por el mismo sueldo. Otro periodista lo reemplazó de inmediato bajo las mismas condiciones que él rechazó: el siniestro paradigma (¿transgeneracional?) de lo esperable. Le pregunto si conoce a Joven Admirador, él también trabajaba ahí. Parece que ya en ese entonces hacía lo mismo que cuando lo conocí, años más tarde, en otra redacción. Joven no tenía maldad eh. Sólo era un tanto individualista, de hábitos trepadores y una inteligencia demasiado moderada. Declaraba haber leído a Walsh y a Cortazar. Admiraba a Jorge Fontevechia y a varios periodistas televisivos. Estimo que también le gustaba CQC, aunque nunca lo hablamos. Siempre saludaba con un beso. Sueña, en secreto, con participar de una antología de cuentos.
Nosotros
Cuando Cristina asumió fui hasta Avenida de Mayo con un amigo escritor para verla en el recorrido en auto desde Congreso a Casa Rosada. Después escribí 140 caracteres sobre esa sensación de que ella me miró a los ojos a mí. Mi amigo decía que en realidad ella lo había mirado a él. No hacemos teorías sobre la seducción del líder, ni sobre la empatía emocional que generan los actos de concurrencia masiva, ni de los ritos colectivos que te hacen sentir parte.
Joven Admirador
En la redacción, Joven es de los que hacen comentarios sobre las carteras de Cristina a modo de queja indignada como lo haría, si la tuviera, mi tía Nené. No tengo que decir que espero críticas más agudas de quienes hacen periodismo político. Y de los que trabajan con el lenguaje en general, y quizá con esto vuelvo al tópico obvio del sentido crítico de los obreros de las letras como imperativo, de la supuesta responsabilidad social que debería colocarnos del lado de “cierta verdad”, lo del intelectual comprometido, la literatura militante y lo políticamente correcto como gesto de evolución o como acto despreciable. Todo eso puede ser escrito con signos de pregunta.
Nosotros
Me pasa a buscar en su súper auto (es el único de mis amigos escritores que tiene super casa y super auto) y todo el camino voy a ser copiloto atrevida acariciándole el cuello o poniendo mi mano sobre la suya sobre la palanca de cambio: es afecto: nunca vi a Juan llorar así.
-Era como un padre- repite. Pienso en el tópico literario de la búsqueda del padre como búsqueda de la identidad y, horror, siento que caímos en la tan temida obviedad cuando él completa y reafirma:
-Era un padre para todos nosotros, los que estamos en la búsqueda, en medio de un proceso identitario.
Juan es militante trans. Al instante recuerdo –pero no lo digo, no da- el casamiento de Julia (amiga artista) en 2007; ella la más impensada para el matrimonio: siempre contagió una cosa izquierdosa-anarquista. O ella cambió o yo la leí mal. Mientras comíamos un cazuela de pollo con una salsa rica y exótica, Gastón (amigo cineasta) definía el peligro que significaba para él que se le atribuyan dotes paternalistas a los presidentes en Argentina, al extremo de considerarlos casi como Mesías que te salvan o te hunden. Vimos la cuestión como reproductora de la abulia cívica, el mal universal de los tiempos; el voto y me voy (si es que se tiene la deferencia de ir a votar). No hubo vals como no hubo Iglesia, pero sí música festiva; la charla terminó apenas llegamos a la pista en la que no se escuchó ningún “Meneadito” pero sí mucho The Cure.
Nosotros, Leandro de la Plata y el Joven Admirador
De nuevo en La Plata, Leandro me dice:
-¡No sabés! Me encontré con Joven Admirador en el Costera viniendo para acá. Agarrate: ¡Joven Admirador se hizo kirchnerista!
Primero me da un ataque de risa, le digo que no puedo creerlo. Después pienso en la engorrosa ambivalencia de “lo políticamente correcto”. Más tarde en el sentido común de la endogamia y en el otro rincón el “dudo de todo”.
Nosotros, ellos
Estamos en una cena, en Recoleta, en un piso 15; un piso enorme lleno de obras de arte y comida rica y un vino delicioso que no voy a probar pero del que el resto de mis compañeros beberá hasta bordear lo impresentable. “¿A vos siempre te invitan a lugares así?”, me pregunta el periodista cultural rosarino. Digo que sí. Lo digo en chiste.
El anfitrión es extranjero y representa a su país manejando un centro cultural que tiene base acá. Cuando nos llevaron de visita a la nueva sede en construcción se nos explicó que había sido un patronato de la infancia, que después fue ocupado por cientos de familias hasta que ocurrió el violento desalojo. El guía terminó de narrar la seguidilla con un “pero nosotros estamos en contra de todo tipo de violencia”. Ante una pregunta, contó que el Gobierno de la Ciudad les cedió el terreno por treinta años.
El anfitrión es de lo más interesante y simpático. Hace chistes y cuenta anécdotas ambientadas en todas partes del mundo. Al lugar entran artistas extranjeros y algún agregado cultural. No hay música. Estoy en el grupo que se queda en el balcón. Hablamos de fiestas, de política y de la muerte de Néstor. Una de mis compañeras se autoproclama peronista –su papá fue candidato a intendente por su pueblo varias veces; se dice que en el 83 perdió por 200 votos por culpa de un cantito ingenioso y chicanero- y tiene la idea de cantar la marcha peronista acá. Otro sugiere que deberíamos consultarlo. Yo digo que quién podría estar en contra: hasta quedaríamos pintorescos frente a los artistas extranjeros, les regalaríamos desinteresadamente una simpática escena autóctona para contar a su regreso. Prima la prudencia y alguien pide permiso. Con la mayor elegancia, gracia e inteligencia que yo haya visto combinadas alguna vez, el anfitrión dice que no. El rosarino, que no entendió el chiste, vuelve a preguntarme, borracho, si siempre me invitan a lugares así. Entonces le digo la verdad, le digo que no y ensayo una hipótesis simplista: la diferencia entre el dinero que mueve la literatura y el arte a cierto nivel. Cerca nuestro, en el sillón, el director de la revista cultural extranjera habla por lo bajo de “contracultura”, y de que no entiende bien cómo varios de sus “jóvenes alumnos becados, todos con una carrera interesante” se muestran tan cercanos a las ideas de quienes “están en el poder”. Yo me acuerdo de que en un recreo de la clase, una de mis compañeras me contó que era “apolítica” mientras tomábamos un café expreso grande de Mc Donalds. Por vergüenza, dice, no quiso decírselo a todos, y aclara que está de acuerdo con la asignación universal por hijo.
Nosotros, ellos y yo
Antes de ayer, mientras pensaba en este dossier, me llega vía facebook un video titulado “Quién es quién en la política argentina”. Un bodrio extenso; burlas y descalificaciones a dirigentes de distintos partidos.
Sensación de pesadilla: por un minuto siento que el monstruo más improductivo del 2001 no había quedado atrás. Le paso el link a una amiga que se dedica a otra cosa. “Está bueno”, dice por chat. Cuando empiezo la discusión me dice que el tema le aburre. Cuándo le digo que no lo puedo creer, dice que salga un poco del “cascarón de tus amiguitos escritores” y vea cómo piensan los demás; aparte ella está en el trabajo y no puede seguir hablando. Me deprimo. Después leo la secuencia como un festín de críticas constructivas. Después pienso en que si sos escritora, valdría ser nihilista sólo al extremo (producto de importación). Después pienso en la herencia literaria de CQC. Después pienso que mostrar cierto optimismo tampoco está bien. Después pienso en oh, la complejidad. Después recuerdo varias escenas, que forman una secuencia en nosotros, en ellos y en mí. Y recién entonces me pongo a escribir.



La noche de los museos

Museo de Arte Popular José Hernández (Avenida Libertador 2373) los escritores Sonia Budassi y Leonardo Oyola leerán su obra con la musicalización de Marcelo Ezquiaga.
21 hs!
Acá todas las actividades, van a leer muchas escritoras que me encantan

Antes de la muerte de un toro

Publicado en el Suplemento de Cultura de Tiempo Argentino (en la web la foto no se ve completa :( ) (pobre bicho che)


Cada vez que un león come a un hombre en la ficción, una preadolescente encuentra una edición amarilla de la colección Robin Hood en un rincón de su casa. El ejemplar pertenece a la madre. La niña no leerá sus páginas, pero admirará las pocas hojas con ilustraciones en blanco y negro. No pensará en aquella época en que no existía Internet. Valorará que los diarios impresos no eran multicolor. Un libro con dibujos monocromo es atractivo. Los diseñadores, hoy, aman el recurso. 
La mosca camina sobre el piso de madera plastificado. Está atontada y lo atribuimos al frío. El enfrentamiento es sin dudas desigual. Hombre contra bicho. El momento previo a la acción y reacción es el más interesante. Lo anti “media res” que se enseña en los talleres de guión. Arrancar las alas de una mosca entre amigas de cinco años puede ser un ritual de iniciación no buscado. Pero con los toros la historia empezó hace tiempo: ilustrar el pasaje del niño al adulto de manera oficial. Hay un momento previo, entonces. ¿Los leones comen personas y magnifican la venganza del mundo animal? ¿El hombre se venga del toro? La mirada que precede la lucha juzga la prolijidad de la muerte, que es segura, del toro bravo: si llega cansado y golpeado, el torero no será aplaudido. La muerte limpia cotiza más. ¿Imagina la chica argentina que por cada libro amarillo de páginas amarillas que abre sólo para ver los dibujos que ahora son retro, monocromáticos, el soplido fuerte de un toro escapa de su nariz por última vez, en otra parte del mundo, donde la sentencia mortal está prefijada, desde la Edad Media, hasta hoy y que el corazón del torero asustado puede verse en la fotografía y no desde los palcos? No sé si esa información contribuiría a la belleza del mundo.
armamos una pequeña REDACCIÓN DE RESEÑAS Y ARTÍCULOS
PROYECTO COLECTIVO TAN HUMULDE COMO PODEROSO
escrito por periodistas y emprendedores de nuestra bella cultura
que UD quizás, 
debiera conocer.
Ya hay un texto de Ximena Tordini sobre un libro de Ignacio Molina
con pasajes tan lindos como éste:

"Los relatos que integran En los márgenes recuerdan a esos mapas que hacíamos en la escuela primaria. Primero el mapa político comprado en la librería del barrio, encima, pegado sobre el margen izquierdo, un copia en papel de calcar en la que coloreábamos los cuatro climas o los principales ríos. El mapa comprado no era el territorio, y el mapa traslúcido que le superponíamos hacía dialogar nuestro propio trazo con el territorio nacional. En los márgenes exhibe un gesto similar, en el que dos modos de realidadficción se encuentran: el registro que se presenta como autobiográfico y una edición literaria en la que apenas cambian los nombres propios y se eliminan los comentarios de los seguidores del blog."

Hazte fan de dicho blog!

Se publicó bazar americano. Aquí mesmo, la reseña que escribí sobre el libro Bellas Artes del compatriota Luis Sagasti!

Bellas Artes, de Luis Sagasti, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2011
“Por los espejitos de nieve que cuelgan de los árboles pasa como ráfaga la cara de Beuys, deshecha entre la tierra. Los espejos de nieve como pequeñísimos haikus perfectos”.

El narrador de Bellas Artes, de Luis Sagasti, afirma que Matadero cinco, de Kurt Vonnegut, puede leerse de varias formas: como “la alucinación de un herido de guerra, desvaríos de un ex combatiente viejo, o una historia de ciencia ficción autobiográfica”.
Una hipótesis de lectura multiforme – sobre un texto híbrido- podría arriesgarse sobre la propia novela Sagasti. Porque el libro adquiere, por momentos, el tono de una fábula para niños tan tierna como truculenta. Por otros, puede leerse como un trazo que toma el gesto de un Imago Mundi que tensa lo extemporáneo y lo actual. Y, de ese modo, Bellas Artes plantea la posibilidad de un efecto universal: poner en evidencia el conflicto entre lenguaje y mundo.
La novela regala, además, un tratado de estética con el foco puesto, en especial, en el proceso creativo motorizado por el dolor, la experiencia o el azar. En este sentido, hay una preocupación centrada en la búsqueda más que en el resultado, aunque estos no se omitan. Se comenta El Principito de Saint Exupery, y el momento de su muerte, responsabilidad del aviador Host Rippert. Se describen los bocetos que dibujaba el escritor, pero también los del militar culpable. Se cuentan las performances del artista Beuys y cómo sobrevivió, luego de una batalla, gracias a los tártaros y al chamán de la tribu que leía constelaciones.

copa américa

"ARGENTINO: marea roja, perdon pero mis papis no me dejan hablar con personas que sean de paises que nunca ganaron la copa america ni mundiales, solo hablo con brasileros y uruguayos, con ellos si nos podemos gastar y divertirnos, con vos me aburro"
Fuente: Diario Olé

Mi declaración elegida del día pertenece al loco Abreu en el marco de conferencia de prensa en que le preguntan como jugar con Argentina:

Periodista: -¿Y qué habría que hacer con Messi?
Abreu:- ¡Carnearlo!

La incomodidad como contracara del asombro

Copio algunas notas desprolijas que me sirvieron de base para presentar el libro de cuentos En los márgenes, de Ignacio Molina. Editorial 17 grises.
Cuando empecé En los márgenes de Ignacio Molina me dio tal entusiasmo, que cuando me puse a releerla, con las partes marcadas incluidas, me dije: uy, cómo hago, en la presentación me van a dar ganas de leerles todo el libro!
Así que, y también teniendo en cuenta los críticos que nos acompañan en esta mesa, voy a compartir con uds algunas notas sobre los tópicos y climas –porque en la literatura de Molina hay historias, personajes, pero también texturas y climas intensos- que fui apuntando durante la lectura, dejando mil cosas afuera.

1) El sentido común
En los 90 tuve la suerte o la desgracia de hacer uno de esos cursos de “control mental”, que daba consejos sobre cómo relajarse cuando tenés la cabeza muy acelerada, o te cuesta dormir. Una sugerencia, que todos los que íbamos confesabamos hacer, por sentido común, era lo de imaginar, para combatir el insomnio, un lugar bello y tranquilo. ¿Vos qué lugar imaginarías?
una Playa paradisíaca, un arroyo de aguas transparentes y tranquilas, un atardecer
Pero en el universo de molina, o de medina, el narrador de este libro, las cosas tienen otro valor, y suelen ser encantadoramente distintas al sentido común:
Leemos:
“Como hago siempre que no puedo dormir, traté de pensar en lugares tranquilos a esa hora de la noche. Por ejemplo: la cancha de básquet del club Napostá, una esquina desierta de la Paternal”.
Lo que atraviesa el libro es una mirada propia, distinta, sobre tópicos que nos resultan familiares. Sin efectismos, el libro de Ignacio logra quebrar nuestras expectativas sobre pequeñas cosas, rutinas, eventos cotidianos que podríamos haber vivido, en cualquier ciudad, cualquiera de nosotros.

2) El tiempo:
El paso del tiempo es quizá el núcleo o conflicto de este libro. A veces pareciera que En los márgenes es un texto de iniciación al cuadrado: hay pasajes del viaje iniciático del adolescente a Buenos Aires. Y después, el siguiente cimbronazo, es el de la adaptación al mundo del trabajo, de las responsabilidades familiares, de la paternidad, sobre todo eso: el paso de además de hijo, padre. La pregunta de la pareja del narrador que se va reiterando: ¿Como te ves siendo padre?
Por un lado, entonces, estos ciclos narrativos, a veces se condicen con ciclos vitales, y son definidos por estas experiencias de vida muy fuertes. Por otro lado, en estos ciclos intervienen también las marcas temporales propias del autor, desviadas, personalísimas. Como, por ejemplo. cuando antes de contar una acción, fija el momento histórico:

“Anoche, después del partido de Olimpo...”
Entonces, la marca temporal es una marca personal. Hay un tiempo biográfico propio pero es como si las estaciones existieran al interior de Molina: y esto no lo convierte en un narrador aislado sino que, por el contrario, vive integrado y susceptible al entorno, vive observando y cuestionando. Es más, podría decir que está incrustado, y problematiza desde ese lugar. Esto le brinda al texto dinamismo en el que, por ejemplo, salir a hacer las compras al supermercado chino, pueda llegar a ser una auténtica aventura, aunque esté contado con el estilo Molina: un tono austero, claro, preciso.
3) La trama:
Para no anticipar demasiado lo que Uds seguro leerán en breve –porque además ser un spoiler está mal- sólo voy a contarles un aspecto del maravilloso mundo medina. En este caso, me gustaría que vean en qué pueden consistir algunos climax, es decir ese momento intenso que la narrativa clásica hace coincidir con la resolución de grandes peripecias, como cuando un protagonista boxeador gana una pelea, o el asesino malvadísimo es capturado por un carismático justiciero. En el mundo molina, el clímax puede darse en una escena, como por ejemplo, aquella en la que
está con su bebé en la casa de unos parientes, que parecen lejanos, en Avellaneda. Él y su mujer los visitan para que conozcan al bebé.
Es domingo, está presente esa modorra de la sobremesa con calor después del asado y de haber tomado algo de vino. Y, en un momento arranca esta conversación, que si hubiera sido escrita por otro narrador podría calificarse de trivial:

“Cuando se enteró de que yo era de Bahía Blanca, Ovidio dejó pasar unos segundos y me dijo que él conocía a una mujer que tenía un hermano que había jugado muchos años en Olimpo pero que ahora no podía recordar su apellido”.

Finalmente, el primo recuerda el apellido: Oviedo.
El narrador cree que se trata de un histórico jugador de los 80, pero no pueden comprobarlo si no saben el nombre.
“Ahora el problema lo tenía yo: con el nombre de pila podría llegar la confirmación definitiva de que nos estábamos refiriendo a la misma persona.”
Va cayendo la tarde, el bebé del narrador despierta llorando en una habitación, y el padre va a buscarlo: lo que sigue es uno de los tantos pasajes casi místicos que encontramos en el libro. Y un ejemplo más que ilustrativo de los tipos de climax del relato, y de los descubrimientos geniales que mueven la trama:
“Mientras caminaba al interior de la casa, tuve una especie de iluminación. Lentamente, como pidiendo permiso, vino a mi cabeza una música con sonido de AM que, durante casi veinte años, había estado durmiendo en un lugar recóndito de mi memoria: “Raúl Daniel Schmidt, José Ramón Palacio, Manuel Cheiles, Alfredo Aquiles Oviedo”...y casi al trote fui a alzar al bebé para volver sobre mis pasos.
-¡Alfredo Aquiles! Dije a los gritos, sin miedo al ridículo, cuando volvimos al fondo.

4) Cuestiones de clase y cuestiones de edad.
Como en otros textos de Molina, en los margenes pone el foco en lo cotidiano, hasta configurar una verdadera épica de las costumbres. Entre lo doméstico y los social, los escenarios, paradójicamente, le van a parecer al lector tan cercanos como extraños.
Lo que circula –y es troncal- es la sensación de extrañeza de quien no da nada por supuesto, ni siquiera el recuerdo evocado mil veces, pero, sobre todo, la rareza ante lo conocido está dada por que volvemos a verlo a través de un lente de un hiperobservador.
Esto crea dos fuerzas en pugna pero complementarias: Por un lado, esa extrañeza nos habla de la incomodidad del narrador con el mundo, y eso es, al mismo tiempo, lo que nos permite experimentar la maravilla que por tan notable y expuesta, se vuelve invisible hasta que Molina las rescata para nosotros a través de estas historias.
Asi sucede en las siempre distintas escenas que ocurren entre los padres e hijos, o entre madres y madres e hijos, entre adolescentes y ancianos en las plazas; y también en los colectivos urbanos, o en los espacios comunes de los edificios.

Y si a veces el narrador se torna crítico con quienes son y no son a la vez de su misma clase, también es crítico consigo mismo como en esta escena en que se ve una pelea leve entre vecinos en la pileta común de un edificio. Molina concluye:
“Familias de clase media (profesionales, pequeños empresarios, comerciantes o empleados con sueldos bastante más altos que el mío) que cuidan con extremo celo ese lujo clorizado y enlajado que, deben suponer, les otorga algo más que alivio pasajero ante el calor de la ciudad”.
Otra vez, la incomodidad. Pero a ver...Medina no salió de un repollo, ni vide dentro de un raviol. Podemos arriesgar que Medina pertenece a la clase media, que es padre, que forma parte de una generación. Pero estas categorías no implican su aceptación absoluta ni significa que él encaje del todo: esto no lo vuelve un renegado, porque precisamente sobre estas grietas, en este corrimiento, Molina construye literatura.

El cruce que decía, entonces, es todavía más complejo. Porque el narrador es impudoroso cuando mira a sus semejantes en sus acciones públicas o cuando se expone en público una dinámica familiar o tribal, ya sea en las plazas, o en supermercados chinos.
Hay una de tantas escenas que ocurren en un colectivo en la que cuenta que la mayoría de los pasajeros se hacen los desentendidos a la hora de ver a su mujer embarazada y cederle el lugar.
“-A ver si alguien le da el asiento a la señora de verde, que está embarazada- pidió a los gritos, y yo, aunque me sentí bastante contrariado con el término “señora”, tuve que girar el cuello para agradecerle con la mirada.” (más adelante, sutilmente, también se va a incomodar cuando un chico le dice “señor” a él)

4) El extrañamiento como ars poética

Y esa descolocación, sensación de extrañamiento, también está puesta de manera concreta sobre la representación. Pareciera que siempre hay un velo sobre lo real, una bruma de indefinición, un signo de pregunta:
“Por la noche, pasan las últimas imágenes del concierto de una orquesta sinfónica en el Monumento a los Españoles. Por la ventana puedo ver los fuegos artificiales en la pantalla reflejada por el vidrio, y, en simultaneo, esos mismos fuegos coloreando el horizonte” .
Intento de robo a la vuelta de la casa “Un móvil transmitía en vivo desde el lugar de los hechos. A través de la cámara el barrio se veía diferente al que yo podía ver desde la ventana, como si fuera el recorte amplificado de lo que es en realidad. Hasta los detalles más familiares se veían distorsionados”
Esa pequeña distorsión aparece en el propio texto. Y acá emerge otro aspecto de En los márgenes: por debajo nos sólo nos plantea la idea del mundo, sino un ars poética, un sutil programa estético.
Y con respecto a esto me gustaría subrayar que en este libro, la incomodidad con el mundo es la contracara del asombro. Y eso es lo que hace que el libro sea atrapante, que no se pueda dejar de leer, que nos divierta, y que nos emocione como sucede con el extenso relato de la paternidad, pero también cuando se narran torpezas de la infancia. E, incluso cuando se señalan cuestiones de la vida, que por evidentes y naturales no dejan de ser crueles:
En el cuento “Un padre de familia sin auto” se lee:
"1998
Una tarde de la semana en que cumplo veintidós años, encerrado a oscuras en mi cuarto con un ataque de migraña, tengo, por primera vez, una revelación que incentiva el dolor: la juventud no es infinita, algún día voy a ser viejo."

Para ir terminando quería decir que además de ser un libro sobre el paso del tiempo, todo está narrado desde una cercanía que busca afianzar una relación de amistad con el lector, sin hacer ningún tipo de concesión. Y a tal punto propone esta relación que, incluso, como un amigo, nos quiere hacer pensar, pero también sonreir y pasar un buen momento, y revelaciones importantes: propone incluso una teoría acertadísima de Bahía Blanca como ciudad tímida, y cómo esto se vincula con el fracaso de sus selecciones de básquet en la Liga Nacional. También hay una reivindicación que en lo personal disfruté mucho–la leí y pensé: claro, los porteños tenían 6 canales de televisión cuando nosotros apenas dos, y que transmiten pocas horas, algo que en la infancia envidiabamos mucho- pero gracias al texto de Molina no sólo me di cuenta de que los porteños no tenían semillitas de girasoles, sino que además, descubrí la relación de este simpático alimento con una forma de hacer literatura.


La verdad uno tiene pocas oportunidades de hacerse amigos, y mucho más, de que un texto nos llegue tanto y nos proponga esta sincera relación de amistad como hace En los márgenes. Y este, quizá, sea uno de los tantos hallazgos del libro.

hoy presentamos el libro de Ignacio Molina "En los márgenes"


un libro tan lindo
se presentan otros dos, que todavía no leí
¡Viva!
Iupi
qué bueno che

Como hago siempre que no puedo dormir, traté de pensar en lugares tranquilos a esa hora de la noche. Por ejemplo: la cancha de de básquet de napostá, la cima de cierra de la ventana (...) una esquina desierta de la Paternal.”




"Viveza criolla personificada"

Columna publicada en la revista El Guardián de esta semana.

*Tevez tiene el aspecto magnético de un chico haciendo travesuras. Me llamó la atención, a nivel estético, la manera particular que tenía de correr, una ferocidad suprahumana: la “garra” como atributo lugar común que siempre aparece junto a su nombre. Hiperbólico en cada acto (si sonríe, si se enoja, si declara, si patea), se distingue de todo el resto. Es la personificación del estigma de la viveza criolla en la cancha, aunque a veces salga mal y le valga alguna roja. Se le atribuye una chispa espontánea que implica pequeños arranques de irracionalidad que cada tanto juegan en contra (y en la pequeña caída el hincha, raramente, no condena: justifica, porque Tevez genera perfecta identificación). “Jugador del pueblo”, “pibe de barrio” supone el efecto “como vos o como yo” aunque la estrella tenga, porque es estrella, una vida tan distinta al resto de los mortales. La dualidad “pibe de barrio”- “producto de mercado” está plagada de sentidos. Tevez encarna la compleja leyenda del mito del ascenso social. Dueño de tremendo carisma, tiene el don de ser un sobreadaptado. Goza, además, de esa capacidad para convertir sus gustos en una marca que representa cierto “ser nacional”: el asado, la cumbia, la pelota. Puede hacer dinero con eso. Como imagen de Nike hace un poco de ruido; el estigma de la pobreza procesado y vuelto heroicismo marketinero que usa una empresa globalizada. Ezequiel Alemián escribió en su Diario del Mundial (ByF;2006) con respecto a Maradona: “Es una persona respetuosa de las palabras. Las palabras que usa Maradona son como las que usan esos pocos tipos diferentes, con un talento cualitativamente distinto: no importa a qué se hayan dedicado. Usan palabras que coinciden con cosas”. Tévez, heredero atemperado de la tradición maradoniana, comparte algo de eso: una relación privilegiada, aunque a veces espontánea y otras conciente, con significante y significado. Y también con los medios, con su gente, con el fútbol, y el amor fanatismo genuino de todos los demás.

daremos un taller aquí. En el flyer léase un correo al que solicitar más información

Dije que "El periodismo, como la literatura, alimenta un ansia egomaníaca"

Gracias a Jimena Arnolfi, autora de la nota para Miradas al sur, en la que me pregunta, sobre todo, por mi libro de cuentos Periodismo, editado por 17 Grises.

Entrevista a Sonia Budassi, autora de un libro de relatos que da cuenta de la profesión


¿De qué hablamos cuando decimos “la redacción”? ¿Sabías que alguien escribe las notas anónimas en los diarios? ¿Qué es un buen periodista? ¿Se puede llorar en los baños por miedo a perder el trabajo? ¿Tenés baño en tu trabajo? ¿“Esclavita” es un apodo simpático para la nueva o expone una nueva forma de ver el Trabajo?”, escribe Lucas Funes Oliveira en la contratapa de Periodismo (17grises Editora) el nuevo libro de ficción de Sonia Budassi. Escritora y periodista oriunda de Bahía Blanca, Budassi también es editora del sello independiente de narrativa Tamarisco. Su primer libro publicado fue uno de cuentos, Los domingos son para dormir, después llegaron los libros de crónicas de no ficción, Mujeres de Dios y Apache. En busca de Carlos Tévez. Periodismo empieza con el relato de una chica que llega a la ciudad para estudiar Comunicación y consigue una pasantía para trabajar en Telenoche junto a Mónica y César. Desolación. “El periodismo, como la literatura, alimenta un ansia egomaníaca, de divismo, de buscar fama, de practicar la autocelebración. Tenemos que estar atentos a esto todo el tiempo que entregamos una nota, una reseña, una entrevista: es riesgoso”, dice Budassi.


–¿Periodismo fue inspirado en una pasantía real?

–Es ficción, pero hay muchas cosas, obviamente no todas, que sí sucedieron durante mi pasantía en Telenoche. La regla era la desidia sostenida en la repetición de fórmulas que funcionan, y un cinismo y una subestimación de lo que ellos llamaban “la gente” aterradores. A mí me sirvió para saber que la producción de televisión no tenía nada que ver conmigo ni con lo que me interesaba. En aquel momento tenía muy idealizada la profesión, al punto de creer que, en la práctica, todo era inmaculado. Yo estaba más vinculada a los libros, y mi realidad pasaba por ahí. A pesar de que sabía que quería escribir sobre literatura, fue un shock muy fuerte porque creía que en esos espacios se podía contribuir a la construcción de la responsabilidad cívica, a comprender más al otro, y todas esas cosas que se pueden hacer desde los relatos mediáticos, sobre todo en este caso, en que el programa tenía un alcance masivo. Ahora se que todo es más complejo. Conocí a muchos buenos periodistas, y vi que la práctica del periodismo está atravesada por tensiones e intereses, por pasiones y preocupaciones éticas, por miserias y hallazgos.


–¿Qué mirada tenés respecto del sistema de pasantías?

–Son positivas en muchos casos, porque aunque te hagan hacer café, uno puede aprender cosas. Pero como en general la tarea del pasante no está objetivada, lo productivo de la experiencia está supeditado a que te toquen compañeros y jefes generosos, que les guste lo que hacen, que sean buenos en lo que hacen… si eso no pasa, bueno, puede llegar a ser desde aburrido hasta horripilante. Desde una perspectiva temporal, cuando se devaluan los salarios de los periodistas después de los años ’90, las empresas gustan de extender pasantías, o más bien, de pagar como si fueran pasantías a periodistas ya formados y que han hecho su experiencia. Hay pasantías perpetuas, se desvirtúa la expresión, y ya no responde al espíritu original que es el de tener primeras experiencias profesionales. Ante el miedo de quedarse sin trabajo, de no poder progresar en “lo que nos gusta” –una idea muy burguesa, como el periodismo– muchos lo toleran porque no les queda otra. También sucede que finalmente, sólo pueden soportar esos regímenes quienes tienen un ingreso económico por fuera del trabajo. El periodismo, de a poco, se va convirtiendo en un oficio para gente que tiene otras fuentes de dinero y lo practica por pura diversión. También muchos compran ese discurso de las empresas del tipo: “Tenés el privilegio de firmar –palabra clave– y de escribir acá”, la famosa retribución simbólica que alimenta el ego, las ansias de figuración, aunque no se pueda llegar a fin de mes.


–¿Qué le pasa a tu personaje?

–Está atrapado entre el cinismo y la propia burocracia. No sólo la burocracia del medio sino la personal, la de repetir las mismas prácticas, la automatización que le permite finalmente escribir en cualquier revista o sección. Lo que se dice un “personaje quemado”. Esa “autoburocratización” también es palpable en mucha gente, aunque sea especialista en un tema y trabaje, por decir, desde siempre en la sección economía. No sólo tiene que ver con lo inevitable, tener una serie de métodos de trabajo internalizados como sugiere la teoría de las rutinas productivas, sino con una falta de motivación que, en el caso del cuento, también es consecuencia de una política empresarial.


–¿En este sentido, la cadena de explotación en los medios se irriga con un doble discurso?" 

Calamaro para niños

(columna sobre "un disco" publicada en el Suplemento de Cultura del diario Tiempo Argentino)

Maneja una chica que tiene tres hijos en el asiento de atrás, insoportables a esta
hora, el cansancio indignado que provocan villanas aguas vivas amenazantes en la
orilla: nadie pudo bañarse con este calor. Y los niños hacen su catarsis en forma
de exabruptos, piñas fraternales, quejas y reclamos; pesado fastidio en el interior
del auto. Hasta que empieza a sonar “Quiero arreglar todo lo que hice mal/todo lo
que escondí hasta de mí” bastante fuerte. Los pasajeros de atrás, la conductora y yo
cantamos a los gritos, desafinamos y forzamos la voz. Se agitan las manos. Golpes
tipo tambor sobre tapizados, volante y puertas. Los chicos se ríen. Nosotras también.
Hay especial énfasis en las “malas palabras” de la canción –no permitidas a los niños
en otro contexto- y esta catarsis es liberadora. Somos la familia eufórica feliz de una
road movie naif y desaforada al sur de la costa atlántica argentina. El disco corrió
entero, aunque bajé el volumen a la tercera canción: de atrás llegaban ronquidos
suaves. Cada vez que vengo de una complicada y quiero levantar, escucho, entero,
varias veces, El Salmón. (Y desde luego grito fuerte, impostando la voz, cuando llega
la parte de las “malas palabras”.)

Sobre el libro "El discurso amoroso. Tensiones en torno a la condición femenina" de Adriana Boria


¿Qué modelos de mujer proponen hoy los medios de comunicación? ¿Cuáles son los aspectos que hoy se relacionan con “lo femenino”? ¿Cómo el entramado de discursos sociales procesa y retroalimenta aquello? El planteo de El discurso amoroso. Tensiones en torno a la condición femenina de Adriana Boria (Ediciones Comunicarte) trabaja sobre novelas del siglo XIX, período en que la literatura goza de un papel fundamental en la formación del imaginario social.
Magíster en Sociosemiótica y Doctora en Letras, la autora se concentra en enunciados que revelan la intimidad de los personajes de ficción, en particular de las mujeres, a través de la exposición narrativa de sentimientos amorosos. Parte de una doble premisa: desde “esa zona de discursividad que he denominado discurso amoroso”, sigue a Foucault y considera a los discursos como “productores de saberes”. Y, al mismo tiempo, sostiene que hay que tener en cuenta que éstos, a su vez, también se vuelven saberes productores de sujetos. Los textos literarios del siglo XIX se integran a un conjunto estratégico que denomina de “control y regulación de las pasiones”, en especial de la pasión amorosa. La autora trabajará con un corpus de las llamadas novelas clásicas del período que, en su mayoría, terminan cumpliendo una función didáctica.
El libro está dividido en tres partes. La primera es una rigurosa fundamentación de su perspectiva teórica, encuadrada dentro de lo interdisciplinario. Por un lado, Boria sigue la concepción bajtiniana de la subjetividad en cuanto a proceso de autopercepción dialógica. Por otro lado, retoma la noción de producción histórica de Michel Foucault, y en particular, el interrogante acerca de “los modos de subjetivación del ser humano en nuestra cultura”. El discurso amoroso resulta un objeto fértil ya que en él se produce siempre una interacción dialógica; una síntesis entre lo interno y lo externo. “El diálogo amoroso pone en juego las zonas más oscuras y secretas de los hombres operando al mismo tiempo como constructor de identidades individuales y sociales”, afirma. El apartado termina con un repaso por los postulados de diversas ramas feministas, desde Butler a Liz Bondi.
El segundo capítulo es una “pequeña historia de la mujer” de la Francia de esa época, en que se inicia un debate relacionado, dice Boria, con el tema de la mujer y la búsqueda de sus características particulares. En la discursividad de la revolución hasta mitad del siglo pueden leerse continuidades y rupturas. En los textos aparecen dicotomías claras que asocian determinados objetos al hombre y la mujer, y que prefiguran una manera de (deber) ser, ya que apuntan que cada uno se corresponde con la naturaleza femenina y masculina. Al hombre, como podemos imaginar aún hoy, se lo asocia con la pluma y la espada; a la mujer, con la aguja y el huso; a él con las producciones del genio, a ella con los sentimientos del corazón. Al mismo tiempo, la autora señala paradojas y contradicciones entre la retórica de la revolución y la realidad. Por un lado, señala avances: las mujeres pueden frecuentar el espacio público antes vedado, los salones y, por poco tiempo, se establece la ley de divorcio. Pero también indica que estas nuevas conquistas conviven con mensajes alarmistas frente al protagonismo femenino en la revolución. En este recorrido, de manera entretenida, Boria expone y reagrupa diversos testimonios y documentos de la época, y da un contexto necesario que contribuye no sólo al análisis posterior, sino a estudios por venir que indaguen en otros períodos.
Las novelas de esta época son estudiadas desde sus funciones modelizadoras y normalizadoras de la identidad de la mujer. En su corpus Adriana Boria incluye obras de autores como Alejandro Dumas, Honorato de Balzac, Stendhal, Próspero Merimée y George Sand. En ellas leerá un complejo entramado de tópicos, estigmatizaciones y lugares comunes. En la construcción literaria de las “mantenidas, queridas, amantes, coccotes ”, por ejemplo, descubrirá su funcionalidad al sistema: mientras cumplan con su papel asignado y no intenten ocupar otros espacios, será imposible que adquieran legitimidad en otros ámbitos. Por citar un solo ejemplo, esto es lo que ocurre a la protagonista de La dama de las camelias , que es “castigada” con la enfermedad y la muerte cuando quiere correrse de su estatuto y pasar a ser esposa.
El mayor aporte del texto no sólo está en las ambivalencias que descubre y las figuras de mujer que revela que, como afirma, permanecen aún hoy. Queriéndolo o no, el libro abre las puertas a nuevos estudios sobre productos culturales más próximos en el tiempo; que incluyan discursos que exceden hoy a la literatura ya que ésta, como modelizadora y estatuto de referencia social ha perdido peso. Al mismo tiempo, El discurso amoroso… bien vale como rico material de lectura y referencia para especialistas y legos, en especial aquellos apartados –que afortunadamente abundan– que superan el horizonte de expectativas de quien ha leído aquellos clásicos de la literatura.

La Editorial Perfil otra vez contra sus periodistas, y contra la libertad de expresión

Les copio y vale la pena que lo lean, también ampliar para ver bien la imagen: es el código de ética que creo Jorge Fontevechia (para violentarlo luego, claro). Ahora va contra el derecho a la libertad de expresión que tanto ha defendido en varias declaraciones...no se por qué no me extraña...

Estimados colegas, lectores y opinión pública en general:

Nos dirigimos a ustedes para comunicarles acerca de la situación interna que vive la redacción de Diario PERFIL, debido a un conflicto salarial que ha derivado en un conflicto de libertad de expresión.
Los redactores de PERFIL continúan realizando sus tareas y escribiendo sus notas, pero para manifestar su disconformidad con la propuesta salarial de la empresa han decidido levantar las firmas de sus artículos y entrevistas. Sin embargo, las autoridades de la editorial se niegan a reconocer ese derecho y han impuesto que todas las notas de sus redactores sean firmadas por terceros, seudónimos o con los nombres de otros integrantes de la redacción, violando así el derecho de los verdaderos autores de los artículos.
El retiro de las firmas es una medida de protesta, ligada estrechamente con la libertad de expresión, implementada por periodistas en varios diarios argentinos y del mundo.
En revista Noticias, Perfil.com y revistas Semanario y Luz, publicaciones de la misma editorial, donde estas semanas también se implementó la medida en el contexto del conflicto salarial, se respetó la decisión de los redactores y sus notas fueron publicadas sin firmas. La Asamblea –que ya comenzó a reunirse diariamente a la espera de una respuesta de la empresa–, integrada por la totalidad de los redactores de Diario PERFIL y por trabajadores de las redacciones de las revistas, fotografía y otras áreas de la editorial, ha decidido informarles de la situación y solicitar su apoyo público a la medida y su repudio, también público, a la decisión editorial de apropiarse de las investigaciones, entrevistas y artículos de los periodistas, que siempre han cumplido con su trabajo y las exigencias periodísticas de la Editorial.
Esta semana, muchos de los columnistas especiales de Diario PERFIL han decidido que si el conflicto salarial no se soluciona antes del fin de semana levantarán las firmas de sus artículos y entrevistas, también en solidaridad con la medida de los redactores.
Esta carta lleva al final el comunicado de la Asamblea difundido la semana pasada, donde se explica a qué se debe el conflicto salarial y nuestro reclamo.

Sin otro particular,

Los saluda atentamente,

Asamblea de Trabajadores de Editorial Perfil.

Con los copantes cronistas, gracias N. Mavrakis

Ayer salió en el Suple de Cultura de Tiempo Argentino esta nota en la que hablamos Dani Pasik linda e inteligente, Sebastián Hacher, Alejandro Soifer, Javier Sinai y yo. Aunque porque cuestiones de distancias no pude estar en la foto, publicaron "mis testimonios"  igual. Parece que tontería mi comentario, pero a veces en gráfica también es como en tele, "sin foto no hay texto". Asi que cope Mavrakis y sus respectivos editores.acá está:
Abajo la copié, con subrayado mío de las frases que me parecieron más chan, algunas, incluso, me hicieron reír. Son todos bravos eh. (como diría mi mamá no hay un muerto que se asuste del desgollado)

"Jóvenes cronistas"

Sonia Budassi, Daniela Pasik, Rodolfo Palacios, Alejandro Soifer, Sebastián Hacher y Javier Sinay hablan de un género en el que se cruzan periodismo y literatura y que casi no tiene espacio en diarios y revistas por lo que encuentra su lugar natural en el libro.

Las “cinco W” son una regla que usan los cronistas anglosajones para recordar lo que debe contar de inmediato un texto informativo: quién (who), qué (what), cuándo (when), dónde (where) y por qué (why). Hace unas semanas, el escritor y traductor Guillermo Piro hizo en su blog una broma sobre una sexta W: “La W de weather report, la previsión del tiempo. ¿No se dieron cuenta? Cuando el cronista argentino se calza la piel de Hemingway comienza siempre con la previsión del tiempo, al estilo: ‘Era una noche oscura y tempestuosa’.”
La observación tiene su gracia en la misma medida en que desnuda un síntoma común –la banalización de la experiencia bajo la forma del reporte climático, nuevo lugar común en medio de una proliferación cada vez mayor de crónicas y cronistas– en el interior de un género que, en nuestro país, resulta particularmente potente. Aunque no por eso la crónica, por momentos, parezca atrapada en una red sutil de ambigüedades.
América, narrada por sus propios descubridores, y la Argentina en particular, narrada por caminantes propios y extranjeros –desde Alonso Carrió de la Vandera en el siglo XVIII hasta los ingleses del XIX– hicieron de la crónica una práctica narrativa siempre legítima y vigente, sin demasiado que envidiar a íconos como Hunter S. Thompson o Ryszard Kapuscinski. Con casos paradigmáticos como el de Rodolfo Walsh, fundador casi al unísono con el estadounidense Truman Capote del non fiction, y un corpus de autores contemporáneos ya consagrados, como Martín Caparrós, Leila Guerriero, Josefina Licitra o Cristian Alarcón, la crónica continúa multiplicándose en libros, talleres y publicaciones especializadas. Sin embargo, como dispositivo narrativo “para contar el mundo”, la crónica también enfrenta nuevos desafíos.
¿Qué lugar real tiene hoy la crónica dentro de los medios? ¿Por qué, a pesar del éxito del género, casi no hay espacio intermedio de publicación entre los sitios web gratuitos y los libros financiados por las grandes editoriales? ¿Hasta qué punto las redes sociales en Internet redefinieron la urgencia de una experiencia subjetiva única? ¿Qué perspectivas hay más allá del circuito cerrado de los talleres de escritura donde se la practica y de las instituciones periodísticas donde se la premia y legitima?

La crónica debe ganarse su lugar en los medios por prepotencia”, dice el periodista y escritor Rodolfo Palacios, autor de El Ángel Negro (Aguilar, 2010), un trabajo sobre la vida del famoso asesino serial Carlos Robledo Puch. “Quizá algunos medios malinterpretan la crónica y la ven como un pasatiempo meramente literario. Eso es un error porque la crónica debe tener datos y es un género periodístico”, explica Palacios. “El desafío fue entrevistar a Robledo, investigar el caso, leer el expediente, hablar con los jueces, los familiares de víctimas y tratar de reconstruir la historia. Donde más presente está la crónica en el libro es en los ocho encuentros con Robledo en la cárcel y en mis viajes a Sierra Chica. Usé recursos de la ficción –aunque eso no quiere decir que en la historia hay datos inventados– para la construcción de escenas entrelazadas, diálogos, descripciones, sonidos, aromas y sensaciones”, cuenta Palacios.

Con respecto a los márgenes de publicación y circulación del género más allá de los libros, Sonia Budassi, autora de una investigación sobre la vida de las monjas, Mujeres de Dios (Sudamericana, 2008), y Apache, en busca de Carlos Tevez (Tamarisco, 2010), que reconstruye la vida del famoso futbolista a través de su propia persecución periodística, asigna un rol central a la idiosincrasia conservadora de los medios tradicionales. “Hay una tendencia a reiterar aquello de que los lectores no leen, y en general, a privilegiar los textos cortos, duros e informativos en revistas y diarios. Tal vez tenga que ver con cierta pereza intelectual que tienen quienes toman las decisiones en algunos medios: si la cosa marcha más o menos bien, mejor no asumir riesgos”, opina. En ese sentido, Budassi cree también que la crónica en sí misma a veces devela de manera autocrítica ciertas formas de hacer periodismo. “Quizá los autores de mi generación no se toman tan en serio a sí mismos en un sentido específico y se permiten salir del lugar del altar omnisciente habitual del periodismo, aunque tengan un acceso privilegiado a determinados territorios y personajes.”

“Creo que en los medios se les teme a los textos largos. Se teme que no sean leídos, como si la lógica del zapping televisivo se reprodujera sin diferencia en la gráfica”, opina Javier Sinay, periodista, ex productor televisivo y autor de Sangre Joven, matar y morir antes de la adultez (Tusquets, 2009), que recoge historias de jóvenes atravesados por la violencia y el crimen. “Cuando una crónica se hace bien, la diferencia de calidad es notable. Los editores de los pocos medios que publican crónicas lo saben y por eso no le temen: son conscientes de que vale la pena apoyar a un cronista para publicar un buen texto”, dice Sinay, destacando el rol que tienen algunas revistas que sí publican crónicas, como Rolling Stone, SH y Brando. “Después de sumergirse en busca de las fuentes, hay que escribir con cuidado porque se está contando una historia viva y, por otro lado, se está haciendo algo así como literatura. Y debe hacerse lo mejor que se pueda en ambos sentidos”, describe Sinay su propio trabajo sobre la delgada línea narrativa que exige la crónica.
Ese territorio que los medios suelen negar a la crónica tiene su correlato inverso en las editoriales. Y muchos cronistas escriben con la expectativa de ganar un espacio de publicación a partir de esa posibilidad. “Hay como una moda en el mundo editorial, pero no sé si tantos compradores o amantes del género. Un día te piden un libro de crónicas en una editorial grande o te compran una. Y entonces el libro, más allá de cómo le vaya después, te sirve para lucirte como periodista que investiga y escritor que narra bonito, pero todo sigue igual”, dice Daniela Pasik, autora de un viaje en primera persona al mundo de las cirugías estéticas, Hacerse (Grijalbo, 2010).

La crónica es un forma, si se quiere, de atacar el sistema desde adentro: las editoriales quieren editar investigaciones periodísticas, los cronistas tienen sueños literarios, la crónica dosifica cierta ficción bajo la apariencia de la verdad absoluta. Todos contentos”, sintetiza Alejandro Soifer, autor de Los Lubavitch en la Argentina (Sudamericana, 2010), una crónica sobre la historia y desarrollo de esa agrupación ortodoxa judía en el país. Por su lado, el periodista Sebastián Hacher, que acaba de terminar una larga investigación sobre La Salada, destaca el rol de la Web. “Hay un inmenso campo en blogs y sitios de Internet. Con la muerte de Néstor Kirchner, por ejemplo, la cantidad de crónicas que circuló por la Red fue tan grande como interesante”, cuenta.

¿Pero consideran los cronistas más jóvenes que ante ellos hay un mundo a ser contado muy distinto al que ya han contado sus sucesores? “La crónica, entendida como la entendían Walsh o Capote, es un género hermoso que permite la práctica mixturada del periodismo y la literatura. Realizado así, cualquier tema es interesante”, dice Pasik. Para Budassi, en cambio, los temas están siempre arraigados a una curiosidad personal. “Me interesan aquellos temas que me generen problemas, preguntas, algo que no termino de entender del todo, personajes a los que pueda quitarles el velo del lugar común y la estigmatización.” “No sé si hay tópicos que nos atraviesen como generación”, sugiere Sinay. Opinión que Palacios parece colocar en perspectiva: “Leo a los cronistas de esta generación, me fascina lo que hace Caparrós como cronista, pero también leo a los viejos exponentes del non fiction: Gay Talese, Tom Wolfe, Norman Mailer, Truman Capote, Joseph Mitchell. Con esto quiero decir que lo que ellos escribían sigue vigente. Se mantienen las motivaciones o la forma de encarar una crónica. Desde las tragedias griegas o shakespearianas, los grandes asuntos son los mismos”, dice. “En mis temas encontré una continuidad: hablar de sectores que fueron excluidos y que de una u otra forma terminaron por inventar un mundo nuevo. Me interesa contar esos mecanismos de creatividad popular, que son mucho más complejos y ricos de lo que parecen a simple vista. A veces el acercamiento de los periodistas a esos temas es desde la fascinación: se busca lo marginal o lo freak”, explica Hacher, cuyo primer acercamiento a la crónica fue con un análisis del culto del Gauchito Gil. “Los cronistas jóvenes tenemos cierta obligación de ir a buscar la pequeña gran historia que nos vaya construyendo un capital cultural que eventualmente nos permita dedicarnos a la vida del bon-vivant cronista estilo Caparrós: mezcla de vacaciones pagas por el mundo, jugosos adelantos editoriales y el nihilismo ilustrado”, agrega Soifer, más punzante.

Las limitaciones a la hora de publicar crónicas, por otro lado, hacen de muchos talleres especializados –como el de Cristian Alarcón, cuyo colectivo puede encontrarse en –una herramienta esencial para conocer en qué andan otros colegas. “En nuestro país no contamos con una educación formal en escritura como sí hay en universidades del mundo que hacen de la técnica una carrera en sí misma; en ese sentido, me parecen una opción siempre válida, aunque nunca hice un taller específico de crónica. No creo que sea un requisito indispensable para escribir”, dice Soifer. “Siempre es sana la confrontación con los pares y la lectura crítica, y puede darse en el marco de un taller pero también en una redacción o con otros escritores”, opina Budassi. “Está bueno tener compañeros para hacer ese viaje, y creo que los talleres a veces cumplen esa función”, agrega Hacher. “No creo que lo talleres sean un requisito obligatorio, pero son un buen punto de partida para escribir”, coincide Palacios, que en mayo publicará un nuevo libro de crónica policial y que el año pasado fue uno de los pocos privilegiados en participar de un seminario con el famoso cronista esadounidense John Lee Anderson.

Otros cronistas, en cambio, relativizan aun más la importancia de aquello que puede aprenderse en un taller. Y por eso ponen el acento en la importancia de cierta apuesta por el autodidactismo.

“Lo más importante es escribir y escribir, leer y leer, estar en la calle con los ojos abiertos y tratar de aprender de los editores y de los colegas”, dice Sinay, mientras que Pasik, finalmente, dispara: “Los talleres, en general, me parecen un poco ladris.”

Exploradores unipersonales de asesinos seriales, adictos a las cirugías o grupos religiosos; arqueólogos entre víctimas y victimarios de la violencia más joven y virulenta o en el corazón de un nuevo centro nacional de comercio off-shore; rastreadores de la vida profunda de monjas o estrellas internacionales del fútbol, uno de los factores ante los que la nueva generación de cronistas sí se enfrenta de manera inédita es a la saturación de narraciones que, como la tradicional crónica, tiene como centro una primera persona. De hecho, la vasta proliferación de voces que también apuestan a contar el mundo desde las redes sociales –en Facebook, Twitter, YouTube– muchas veces funciona con más instantaneidad –y a veces calidad– que los clásicos narradores de antaño. ¿La crónica ha cambiado desde que aproximarse “a la realidad” es mucho menos restrictivo que antes? En este nuevo contexto tecnológico, ¿es la “subjetividad” misma un privilegio en disputa?

“Si el cronista es alguien interesante, lo interesante de su crónica es su mirada. Y me importa menos ver a Robledo Puch filmado con un celular en YouTube, que la mirada de Palacios sobre ese personaje, por ejemplo. Por eso, la crónica, el libro o el diario en papel, no se van a ningún lado”, opina Pasik. “La velocidad de la información actual implica un grado de masticación mucho más grande. Twitter, blogs, videos, todos presentan pequeños fragmentos de información. Ver un twitt es comerse una pastilla: puede ser rica, pero no alimenta. Las crónicas son platos más elaborados. Requieren otros tiempos, otra forma de consumo”, coincide Soifer.

“La investigación y el tratar de ir a fondo con el objeto y sujeto del relato es algo imperativo al sentarte a escribir una crónica; en ese sentido, las redes sociales ayudan mucho porque suman fuentes, no veo una competencia sino una complementariedad”, explica por su lado Budassi. “Tengo la esperanza de que el avance de la tecnología –sobre todo las cámaras capaces de filmar y hacer fotos en alta definición– aporte nuevos formatos a la crónica”, dice Hacher, destacando emprendimientos digitales como Mediastorm.org y Elfaro.net. “La sobreabundancia de información torna todavía más importante la subjetividad del cronista. Por eso, debe organizar los datos con una voz diferente. La crónica es un producto con un valor agregado: la subjetividad que mira, que interpreta y que aporta”, opina Sinay. “En el caso de la aproximación a los hechos reales, la pregunta entonces es cómo contar lo que han visto millones de personas”, sintetiza Palacios. Y concluye con dos ejemplos casi inobjetables: “La crónica de Norman Mailer sobre la pelea Alí-Frazier en 1971 y la de Oriana Fallacci sobre la llegada del hombre a la Luna, demuestran que se puede crear un texto atractivo sobre un acontecimiento que vieron millones de personas. Lo importante, es cómo contarlo”.